El Chuky Criollo
En las calles de la capital, su 350 abarrotado de muñecas, en trozos y enteras, se ha convertido en una celebridad o, cuando menos, en una curiosidad. Muchos lo asocian con brujería, otros con demencia y algunos más con ganas de asustar. No obstante, él alega que lo suyo es simplemente “por vacilar”. “Por Internet hasta afirman que las puse porque se me murió una hija, ¿cómo van a escribir eso? Yo lo hago porque me distrae, me río, me libera del estrés y hasta de las alcabalas porque yo paso y me gritan: ‘¡ahí va el camión de Chucky!’ o ‘el diabólico’, ‘muñequero’ o ‘cabecero’, ¿y yo? ¡Fino! Total, ya tengo 60 años y ésta es mi oportunidad de vivir más relajado”, asesta.
Descendiente de españoles, se declara creyente en Dios y sin vicios de ningún tipo, y aprovecha para repudiar los robos que le han hecho “para usar los juguetes en asuntos malos”. Hasta choques ha tenido, por huirle a quienes lo han perseguido a la caza de una mano o un tronco de plástico y aunque los hurtos se han incrementado, a su alrededor reinan, en general, la chanza y la buena vibra. “Esto me trae hasta publicidad porque yo le presto servicio, desde hace 18 años, a la empresa de hierro Muentes Otero y los clientes piden que sea yo quien les haga los traslados; es más, si hubiese sabido que esto iba a ser así, las hubiese guindado antes”, asevera a carcajadas.
Y es que todo comenzó, hace poco más de un lustro, como consecuencia de su trabajo, puesto que en ocasiones debía transportar carga pesada por caminos estrechos y como su furgón tiene dos tubos verticales en el parachoques, decidió colocarles las cabezas de unas muñecas para tener una guía más precisa de la distancia que separaba el carro de los muros o las esquinas. La cuestión se le hizo “graciosa” y buscó más y más para volverse original, al punto de que ya tiene unas 172 y cada semana recibe donaciones: “Me las zumban atrás y yo las voy amarrando ahí mismo. Estén rotas o completas, igualito las pongo. Tú las ves negritas y es por la contaminación, aparte de que me las queman”. Barbies, Popeye, Bart Simpson, Topo Gigio, Bebés Queridos y hasta tres acompañantes gigantes que se sientan a su lado, integran su inventario. “Como yo no llevo pasajeros, porque ni a mi esposa ni a mis hijos les gusta montarse, las coloqué a ellas y si alguien viene, las saco; tampoco es que les tengo nombres ni nada”. ¿Otra de sus reglas? No incluir peluches porque ésos los coloca en el árbol del que cuelga un centenar de monigotes, en una famosa redoma del 23 de enero cercana a su casa.
El Señor del Hula-Hula
De La Coruña se vino hace 50 años y su acento se mantiene intacto. Aquí conoció a su paisana, Rosa Araujo, de quien le quedó el placer por la ropa bien planchada. Hace siete años, ella se despidió y, “para olvidar”, él arrancó a “brincar la cuerda y el hula” en la plaza La Candelaria, también porque en esa época y por motivos de salud debió abandonar la bomba donde era surtidor de gasolina.
Desde entonces baja cada tarde de su apartamento, ubicado a un par de cuadras de su centro de operaciones, y desde las 4:00 p.m. hasta las 7:00 p.m. se dedica a divertir a los demás. Sus primeros pasos los dio saltando la soga de arriba para abajo en las escaleras de la glorieta, sin embargo, las travesuras de algunos niños lo hicieron cambiar de lugar: “Me quitaban mis cosas, por eso me mudé para este murito en la isla, diagonal a la esquina de Canalito”, especifica, haciendo énfasis en el hecho de que está sobre un redondel de concreto.
“Me ven más y los muchachos no me molestan, es muy bonito porque a la gente le agrada observar, en la mitad de la avenida, a un anciano de 76 años que juega chévere. Últimamente me quedé sólo con el aro y le doy con el pie, con el brazo, con la rodilla, con el cuello”, apunta.
Y no miente. Apenas el semáforo se fija en verde, el señor se encarama su circunferencia, abre las piernas y los brazos para apoyar con fuerza y le da vueltas, por ejemplo, con el codo. Antes de que llegue la luz roja, deja que la rueda siga girando por sí sola y cuando los peatones se acercan, se la saca, la aguanta a un ladito del cuerpo y, después de un minuto, vuelve a empezar.
Su función es, según sus propias palabras, hacer la cola más ligera y amena, a la par que contribuye con el pesado tráfico de la urbe. “Yo he evitado bastantes accidentes, porque a lo mejor viene una moto entre los autobuses y las personas están cruzando y yo les aviso para que no las vayan a atropellar”. Texto: Valentina Ruiz (Revista Dominical)

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